High-Tech: los límites del reciclaje

El reciclaje en el ámbito de los dispositivos electrónicos es un engaño: los dispositivos se utilizan demasiado poco. De hecho, solo la prolongación de la vida útil de los dispositivos, a través de su reutilización de una forma o de otra, podrá suavizar su impacto medioambiental. Por Vianney Vaute, fundador de Back Market.

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A principio de 2016, Apple reveló con un gran apoyo publicitario su última proeza tecnológica: Liam, un robot capaz de desmantelar un iPhone en solo 11 segundos y, así, capaz de reciclar 1,2 millones de unidades al año. Vaya rendimiento… ¡a comparar con los 231 millones de modelos nuevos comercializados por la empresa de la manzana en 2015! Fuertemente presentado como la marca de un compromiso responsable, Liam es en realidad el símbolo perfecto del reciclaje en el sector de la alta tecnología: una gota de agua vertida en un océano de contaminación, resultado inevitable de un modelo productivista en vigor en el sector.

Actualmente, dos tercios del volumen de los RAEE (residuos de aparatos eléctricos y electrónicos) comercializados en el mercado no pueden absorberse. A pesar de la buena voluntad y de los progresos reales del sector, incluso reforzando los estímulos para las marcas y particulares —hoy en día bien escasos—, sería ilusorio imaginar la recogida del 100 % de los RAEE. Sin mencionar el pasivo acumulado en los vertederos, los vertidos incontrolados y, bajo el polvo de nuestros sótanos, armarios y desvanes.

Solo un 3 % de los dispositivos recolectados se reutilizan

Aún peor, incluso cuando nos aproximáramos a este ideal, solo el 3 % de los dispositivos recolectados hoy en día se reutilizan, tal cual o como piezas individuales. El resto se trata de forma brutal, con una visión cercana al reciclaje del papel o del aluminio. Independientemente de su estado o de su sofisticación, los dispositivos solo se perciben como una fuente de materias primas casi brutas, evaluadas por toneladas. Y los 50 mil millones de materiales recuperados así al año en el mundo (oro, cobre y otras tierras raras, plásticos, etc.) son ciertamente considerables, pero es un valor más bien pequeño en comparación con aquel, añadido o residual, que desaparece cada vez que un teléfono y sus componentes se desmantelan y se funden indiscriminadamente.

Más allá de los límites inherentes de los procesos de recogida y valorización, hay que recordar que el reciclaje es, en primer lugar, una destrucción y, por lo tanto, una incitación implícita de producir y comprar cosas nuevas. Además, Apple lo concede ella misma en su informe «Desarrollo sostenible»: el 88 % de la huella de carbono de un iPhone 6, por ejemplo, proviene de su fabricación, mientras que solo un 12 % proviene de su utilización. El balance medioambiental de un cambio de dispositivo, aunque reciclado, es por lo tanto desastroso.

El reciclaje no debe servir de buena conciencia para un modelo contaminante

Por consiguiente, es urgente reconocer los límites del reciclaje en el ámbito de los RAEE. A pesar de su utilidad como último recurso, el reciclaje no debe considerarse como el remedio universal, a riesgo de frenar la emergencia de enfoques complementarios pero, sobre todo, no debe servir más de buena conciencia cómoda para un modelo arcaico y excesivamente contaminante. Mientras que el sector de las tecnologías no tenga un proceso de profundo cuestionamiento cultural y mientras que sus empresas busquen mediante la obsolescencia programada fomentar la compra perpetua de productos nuevos, todos los procesos de ecodiseño, todos los programas de reciclaje y todos los Liam seguirán siendo coartadas de impacto limitado.

Solo la prolongación de la vida útil de los dispositivos, a través de su reutilización de una forma o de otra, podrá suavizar su impacto medioambiental. A la imagen y semejanza del proyecto Ara finalmente abandonado por Google, el teléfono modular, el cual elegimos y al cual cambiamos sus componentes en función de sus necesidad y de la innovación, es una pista. La facilidad de reparación, como propuso el Fairphone, un teléfono socialmente responsable de origen holandés, es otra. Pero el objetivo sigue siendo el mismo: producir menos para contaminar menos sin sacrificar al mismo tiempo nuestro estilo de vida.

 

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