conséquences 5G

¿Cuáles serán las consecuencias medioambientales de la red 5G?

La red 5G, ya operativa en países como China y Corea del Sur, se espera en Europa cada vez con mayor expectación. Esta tecnología es la quinta generación de comunicación inalámbrica, que sucederá a la actual 4G. La 5G, desarrollada en consonancia con el creciente volumen de datos y la actividad digital moderna, ofrecerá mayores capacidades de intercambio y almacenamiento. Para ello, esta tecnología requerirá un ancho de banda de onda milimétrica hasta ahora inédito, del orden de 30 a 300 GHz.

En Francia, las primeras ofertas están previstas para finales de este año, siempre que lo permita el estado de la COVID-19.

La tecnología 5G, tema muy controvertido desde hace varios años, dista mucho de despertar reacciones unánimes, ya que, más allá de las posibilidades digitales que ofrezca, hace temer una catástrofre ambiental sin precedentes a escala planetaria.

«Atreveos: el progreso solamente se logra así», decía Victor Hugo en Los Miserables, ¿pero a qué precio?

Una multiplicación considerable de antenas repetidoras

Al observar la infraestructura actual necesaria para el despliegue de la 4G, vemos que las redes móviles han recurrido a antenas que emiten señales de forma uniforme en todas direcciones. La implantación de la 5G en Francia se llevará a cabo progresivamente entre 2020 y 2025 e implicará inversiones significativas y concentradas. Para ello se aprovechará la infraestructura existente, pero también será necesario utilizar antenas inteligentes, así como otras pequeñas que se colocarán directamente en el interior de los edificios y del mobiliario urbano.

En consecuencia, esta tecnología requerirá un despliegue mucho más amplio de antenas a nivel nacional, con un aumento medio del 30 %, en particular, en las zonas metropolitanas, para poder ofrecer una cobertura equivalente a la de la 4G. En las zonas rurales hará falta el triple para poder garantizar un servicio de banda ancha de al menos 8 megabits por segundo.

El objetivo es permitir, a largo plazo, el funcionamiento en varias bandas de frecuencia para multiplicar aproximadamente por 50 el rendimiento de la 4G actual, primero mediante ondas centimétricas a 3,5 GHz y luego con ondas milimétricas, cuando se utilicen las frecuencias de banda de 26 GHz. 

Por lo tanto, estas ondas garantizarán una mayor conectividad, así como una ejecución más rápida (retardo de transmisión dividido entre 10) de los objetos conectados, cada vez más numerosos en nuestros hogares y empresas.  

En Francia, está previsto un despliegue inicial en algunas grandes ciudades de aquí a finales de año. Para 2026 se prevé una cobertura más amplia, que alcance dos tercios de la población, dando prioridad a las zonas industriales.

En la era digital y en un mundo hiperconectado, parece difícil resistirse a tanta eficacia, pero la alternativa se antoja poco prometedora para el medio ambiente.

Una catástrofe medioambiental sin precedentes

La otra cara de la moneda de la tecnología 5G no tiene nada de bueno para el planeta. La cara oculta del mundo digital representa una contaminación invisible, difícil de controlar, mientras que los usuarios de internet son cada vez más numerosos y exigentes.

Frédéric Bordage, especialista digital francés responsable y fundador del sitio web Green IT.fr constata, además, que «cuanto más ancho de banda tenemos, más consumimos[…] Es como cuando pasamos del pozo al agua corriente; el consumo de agua per cápita se disparó, sin preocuparnos como antes de no desperdiciar el recurso». Lo mismo ocurre actualmente con la tecnología digital, ya que este despliegue está demostrando ser profundamente perjudicial para la ecología, si tenemos en cuenta las cantidades astronómicas de materiales necesarios para construir los cientos de millones de antenas que requerirá el funcionamiento de la 5G y, sobre todo, los varios miles de millones de objetos conectados cuyo proceso de fabricación contribuye al agotamiento de los recursos no renovables, como los combustibles fósiles y los minerales, a menudo extraídos en condiciones inhumanas por mano de obra infantil.

Otro punto preocupante en esta alocada carrera tecnológica es que miles de millones de dispositivos conectados se convertirán en pocos años en un número equivalente de residuos (con frecuencia, muy poco reciclables), ya que rápidamente quedarán obsoletos debido a su incompatibilidad con la tecnología 5G. Habrá que reemplazar los dispositivos «anticuados» existentes y producir cientos de miles de millones nuevos para reemplazarlos. El ya de por sí pesado balance ecológico de la operación no hará más que agravarse: agotamiento de recursos no renovables, contaminación del agua, destrucción del suelo provocada por la extracción de minerales y más emisiones de gases de efecto invernadero.

La huella de carbono desproporcionada del exceso de consumo

La industria digital es una de las más contaminantes, puesto que genera altas emisiones de gases de efecto invernadero desde la extracción de materias primas para fabricar aparatos electrónicos hasta su uso y reciclaje al final de su vida útil. Según un informe de The Shift Project que data de octubre de 2018, el sector digital emite actualmente el 4 % de los gases de efecto invernadero de todo el mundo y su consumo energético aumenta un 9 % anual. Con la aparición de la 5G, el consumo energético de los operadores móviles podría multiplicarse por 2,5 o 3 en los próximos cinco años, lo que representaría un aumento del 2 % del consumo eléctrico solo en Francia.

Esta contaminación digital, a veces llamada e-contaminación, contribuye a que internet sea el tercer mayor contaminante después de China y Estados Unidos, pero podría subir a lo más alto del podio en 2030 si los usuarios no moderan su consumo. Actos cotidianos que parecen triviales, como ver una película en Netflix, jugar a un videojuego en el móvil o trabajar por videoconferencia tienen un impacto inmenso en el planeta.

Con el auge de los objetos conectados —que van desde el cepillo de dientes hasta la lavadora, pasando por las bombillas e incluso los calcetines (sí, no es broma)—, aumentan las emisiones de ondas, el uso de los recursos y la huella de carbono.

Por último, el deseo de disponer de más ancho de banda, menor latencia y mayor capacidad de red puede llevar a los usuarios a dar preferencia a las redes móviles frente a las fijas, lo que a su vez requerirá más antenas repetidoras, las cuales consumen mucha más energía que la infraestructura por cable. 

Queda claro que la 5G trae consigo sorpresas desagradables para el planeta, que prescindiría de ella con gusto, pero con la 6G ya en desarrollo para su lanzamiento en unos diez años, unas tasas de datos que se miden en terabits y la 7G prevista para 2040, por desgracia, el maltrato no ha terminado. Hasta que no se produzca una verdadera toma de conciencia, tanto por parte de la industria (empezando por los fabricantes de teléfonos) como de los consumidores, no estaremos fuera de peligro.

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